No siempre podemos hacer el bien que quisiéramos. Hay días en que la vida nos aprieta y apenas nos queda fuerza para cumplir con lo necesario. A veces ni siquiera tenemos claridad para tomar la mejor decisión. Pero en cualquier circunstancia, incluso en las más duras, siempre tenemos una opción: no hacer daño.
No hacer daño no significa vivir a la defensiva ni desconfiar de todos. Significa cuidar nuestras palabras y actos, midiendo las consecuencias que pueden tener en otros. Es entender que un gesto impulsivo, una frase malintencionada o un desprecio gratuito dejan heridas que tardan más en sanar que cualquier golpe.
La vida se encarga sola de traer dificultades; no necesita que las multipliquemos. Cuando evitamos añadir peso al costal de los demás, nos ahorramos también el peso que volvería a nosotros en forma de culpa, rencor o arrepentimiento. Porque, aunque no lo parezca, la forma en que tratamos a otros siempre deja huella en nuestro propio ánimo.
Hacer el bien es un arte noble, pero evitar el mal es una virtud al alcance de cualquiera. Basta un momento de atención, un silencio en lugar de un reproche, un paso atrás antes de herir. Y en ese gesto mínimo se sostiene a veces la dignidad entera de una persona.
Hagas lo que hagas, no hagas daño. Porque el mal que evitamos a otros es, en realidad, un bien que nos hacemos a nosotros mismos.
— Cafetero Andaluz